4.2.13

La parábola de las abejas.

Me encontraba estudiando en la sala de mi casa cuando una abeja empezó a revolotear alrededor mio. Tengo que confesar que al haber sido criado en la ciudad por una mamá que le teme a todos los seres vivos, mi reacción normal en estos casos es huir tratando de parecer "machito".

Pasaba el tiempo, yo seguía en lo mio escuchando música y vigilando de reojo al animal, hasta que vi como se daba por vencido después de chocar 100 veces contra la ventana sin encontrar la salida que yo amablemente decidí proveerle; en parte por compasión, en parte para que dejara de joderme la vida.

Desde el comedor de mi casa, mientras sacaba el culo a escribir de nuevo mi hoja de vida bajo las recomendaciones de una gurú más en recursos humanos, veía como el antófilo, ya sin fuerza, dejo de moverse decidido a hacer del marco de mi ventana su tumba. El espectáculo me arrugo el corazón haciéndome decir en voz alta -¡esta joda de ser educado como católico es una cagada!-

Recordando unas lecciones que alguna vez vi en Discovery Channel ®, me levanté de mi silla hacia la cocina para mezclar un poco de agua con azúcar en una cuchara sopera. Decía el programa que las abejas cuando salen a explorar fuera de la colmena en busca de flores, se alimentan con solo lo suficiente para cubrir el área que tienen a cargo, de modo que si se pierden y no encuentran rápido el camino a casa, mueren de hambre dondequiera se las abandone la fuerza.

-Que vida trágica la de nosotros, la prole que trabaja - pensaba yo, mientras acercaba mi mano escudada en la cuchara al desdichado insecto y lo veía beber con ganas. Esas mismas ganas mías de cuando me tocaba trabajar por días seguidos, y al terminar me llenaba la panza con prisa para ir a dormir.

Pasaron uno o dos minutos, y de repente la prima de Maya empezó a volar despacio, planeando con calma hasta la salida de mi casa como sí unos pocos carbohidratos no sólo le devolvieran la vida sino también la claridad.

-¡Que bonita es la vida!, ¡que bonita la naturaleza, carajo!- me dije satisfecho.

Han pasado cinco minutos desde eso; ahora hay diez putas abejas dando vueltas como locas por toda mi casa. La pendeja exploradora no entendió mi gesto amable, creyendo en cambio que mi estancia es una despensa abierta a ella y toda su pandilla.

Ya cerré las ventanas, limpié cualquier resto de almíbar y saqué la aspiradora para limpiar cuando la  parca se haga a las invasoras. Hay que aprender a no tender la mano, porque hasta el más insignificante bicho se equivoca y aprovecha.


2 comentarios:

¿Sara? dijo...

jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja....

y despues de respirar un poco de la risa...

Awwww que lindo :D

No seas amarguete y sigue tendiendo la mano :p

Lois Kever dijo...

Ese sencillo y simpático acto de piedad o de "¿por qué no?" te hace grande. Además has hecho un aportación ecológica al medio ambiente.